Pedro Segundo Tavacca

miércoles, 27 de abril de 2011

EL AUTOCONOCIMIENTO ( V )

EL AUTOCONOCIMIENTO ( V )


“El hombre permanecía en un estado de perfección
espiritual muchísimo más alto que en el presente desde
el cual ha descendido a un estado más material en una
grosera forma corpórea. Se debe reascender a la altura
de la cual se ha descendido”.
(Carta de los Maestros Rosacruces Nº I “Sabiduría Divina”)




En este Fragmento de “Cartas de los Maestros” se hace referencia al origen de
las dificultades que se plantean a la humanidad a través de su evolución.
Intentaremos arrojar alguna luz sobre el tema refiriéndonos a las vicisitudes que tuvieron que afrontar los que podríamos llamar primeros seres humanos porque en ellos ya se comenzaron a bosquejar sus actuales características, las cuales progresivamente se fueron y se irán
perfeccionando.

Inmersión en el materialismo

Los Hermanos Mayores en este sentido formulan la afirmación transcripta que
reviste un profundo sentido esotérico ya que el hombre es una chispa divina que
progresivamente debe ir evolucionando para adquirir, en primer término,
autoconsciencia haciendo inmersión en cuerpos cada vez más densos, hasta
llegar al estado en que actualmente se encuentra. Es el profundo misterio de la
Creación que nuestra mente muy limitada no alcanza a comprender porque
vamos de la imperfección inconsciente a la imperfección consciente para llegar a
la perfección consciente. Esto aparentemente en todos los ámbitos del Cosmos.

Cómo vivíamos en las Épocas Lemúrica y Atlante

Al referirnos al descenso mencionado, que nos conduce a la materia, hemos de
recordar lo expuesto por Max Heindel en el Concepto Rosacruz del Cosmos,
acerca de nuestro transcurrir en las Épocas mencionadas.
Parafraseando sus afirmaciones recordemos que la atmósfera de la Lemuria
era muy densa y la corteza terrestre comenzaba a adquirir dureza y solidez en
algunas partes mientras que en otras todavía estaba en fusión y entre esas islas
de corteza dura había un mar de agua en ebullición, en medio de erupciones
volcánicas y cataclismos. Vivíamos rodeados de bosques con árboles
gigantescos y animales de enorme tamaño y los seres humanos teníamos el
poder de modificar la “carne” de nuestros maleables e indefinidos cuerpos, de los
cuales casi no teníamos conciencia. A los ajenos no se los veía pero se los
percibía.
A los niños se los hacía luchar unos contra otros en forma brutal para ejercer el
poder de la voluntad a pesar del posible dolor y a las niñas se las metía en
bosques inmensos en medio de la furia de las tempestades para despertar la
memoria. Estas prácticas contribuían al desarrollo del ego lo cual nos iba
preparando para entrar progresivamente en la materia. Los cataclismos
volcánicos destruyeron la mayor parte del continente lemúrico y así surgió el
continente atlántico en el mismo lugar en que actualmente ocupa el océano del
mismo nombre. Comparados con nuestra humanidad los primeros atlantes eran
hombres gigantes y su percepción de los mundos internos se fue perdiendo
hasta que se hizo consciente del mundo físico ingresando despaciosamente en la
materia. Sin embargo esto trajo consigo que surgieran todas las cualidades
egocéntricas que hoy tanto conocemos. En la 4ª. Subraza Atlante, denominada
Turania surgió la violencia, la vacuidad y la ostentación las cuales precipitaron a
la ruina a los atlantes, precisamente por el surgimiento, en su mundo interior, de
las cualidades que hoy consideramos negativas y dañinas y que todavía nos
acompañan produciendo los problemas en todos los ámbitos que nos son tan
conocidos. Sin embargo queremos combatirlos fuera del hombre mismo sin
reconocer que la solución está dentro de cada cual.

¿Cómo acciona nuestro ego?

Ese camino de inmersión en la materia nos fue generando como decíamos
cualidades que ahora debemos ir superando. Así los venerables instructores
Buda en Oriente y Cristo Jesús en Occidente nos dejaron sugerencias para
conseguirlo pero lo lamentable es que en lugar de trabajar en tal sentido, con el
autoconocimiento, nos entregamos a prácticas simbólicas dilatorias e
innecesarias.
Con respecto a las referidas cualidades mencionaremos al egoísmo o egolatría
que consiste en el excesivo afecto que uno tiene de sí mismo lo cual conduce a
un desmesurado interés en atender a su propia persona de desmedro de los
demás. Por otro lado el egocentrismo es una exagerada exaltación de la propia
personalidad hasta considerarla como preferencial y del más alto relieve, dentro
del ámbito en que se actúa.
Estas características personales son factibles de apreciar dentro de uno mismo
a través de nuestra diaria actuación y por lo tanto se ve reflejada dentro de cada
uno cuando se nos critica, adula o censura. Por supuesto que cada una de estos
defectos puede llegar a extremos enfermizos resultando un riesgo para el prójimo
porque causan mucho daño y no es necesario ahora brindar lamentables
ejemplos. En el caso de que se puedan tornar dañinos para uno mismo la sabia
Ley de consecuencia genera dolorosos aconteceres para el que efectúa el daño,
brindándole perjuicios como consecuentes naturales reacciones, las cuales hacen
reflexionar profundamente y posiblemente cambiar la forma de ser y actuar.
Lamentablemente estas cualidades egocéntricas suelen ser difíciles de superar
porque el autoengaño y la autoconfusión no nos permiten captar la realidad de
los hechos para vernos tal cual somos. El propio dolor en el mejor de los casos
puede producirnos una transformación mediando el ejercicio del
autoconocimiento que en estas columnas estamos comentando. En próximas
participaciones continuaremos con la aplicación de las Reglas espirituales que
habíamos comenzando a considerar en Autoconocimiento IV, en lo posible con la
mayor brevedad y precisión.

Pedro S. Tavacca
(tavacca.pedro@gmail.com)

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